Hay una pregunta incómoda que conviene formular desde el principio. Si la sauna tradicional lleva cinco mil años funcionando como práctica cultural ininterrumpida, y si la cohorte KIHD documentó hace una década sus efectos sobre la mortalidad, ¿por qué hace falta importar el concepto desde Finlandia para que en castellano se hable de sauna en serio? ¿Es que aquí, en la península que mira al sur y mira al norte, nunca tuvimos algo equivalente?
La respuesta es que sí lo tuvimos. Y durante mucho más tiempo del que se cuenta. La olvidamos porque alguien, en un momento muy concreto del siglo XVI, decidió que dejásemos de tenerlo.
1 · Antes de empezar · termalismo romano en Hispania
La península ibérica fue parte del Imperio Romano durante seis siglos, y los romanos exportaron aquí su tecnología termal con la misma intensidad con la que la exportaron al resto del Mediterráneo. Las thermae romanas no eran lujo de élite: eran infraestructura urbana básica. Toda ciudad romana de cierto tamaño tenía sus termas públicas, y muchas tenían más de unas.
Los restos siguen ahí. Las termas de Itálica en Sevilla, las de Mérida, las de Caldes de Montbui en Cataluña (que llevan funcionando ininterrumpidamente desde el siglo I), las de Alhama de Aragón, las de Archena en Murcia. La tradición termal hispano-romana no fue marginal: fue parte estructural del paisaje urbano peninsular durante siglos.
Cuando el Imperio se desmoronó y vinieron los visigodos, parte de esa infraestructura cayó. Pero no toda. Y lo que vino después no la borró — la transformó. Aquí entra al-Andalus.
2 · 711 · llega el hammam
La conquista omeya de la península en el siglo VIII trajo, entre muchas otras cosas, una versión más sofisticada de la cultura del baño público. El hammam — la "sauna húmeda" árabe-islámica que se aplicaría más tarde con peculiaridades en el Imperio Otomano — bebía del balneum romano pero le sumaba dos elementos: una codificación religiosa muy precisa (el baño como purificación ritual antes de la oración, parte del rito de la tahara) y una arquitectura propia (salas escalonadas por temperatura, calefacción por hipocausto, bóvedas perforadas para luz tamizada).
Durante casi ocho siglos, las ciudades de al-Andalus tuvieron una densidad de baños públicos que hoy nos cuesta imaginar. La Córdoba califal del siglo X, con casi 300.000 habitantes, contaba con varios cientos de hammames documentados. Toledo, Sevilla, Granada, Almería, Mallorca: todas tenían su red. Eran de barrio, de uso cotidiano, abiertos por turnos a hombres y mujeres por separado, gratuitos o casi gratuitos.
El hammam andalusí no era sauna en sentido finlandés estricto — la temperatura era más moderada (45–55°C en la sala caliente, no 85°C), la humedad mucho mayor, y el ritual incluía un proceso de exfoliación con guante de crin. Pero compartía el núcleo: calor controlado aplicado al cuerpo de forma colectiva en un espacio diseñado para ello. La función social era idéntica.
3 · Cuatro hammames que sí se pueden visitar hoy
Casi todos los hammames andalusíes fueron destruidos, reconvertidos en iglesias, casas particulares o tabernas, o simplemente arrasados. Pero unos pocos sobrevivieron como estructuras visitables — restaurados en distintas épocas, abiertos al público como patrimonio:
El Bañuelo (Granada) · Hammam al-Yawza, datado en el siglo XI, en plena ribera del Darro. Es uno de los hammames más completos y mejor conservados de toda la España islámica. Las bóvedas perforadas con tragaluces en forma de estrella siguen ahí, exactamente como se diseñaron hace 950 años. Entrada gratuita. Visita obligatoria si pasas por Granada.
Los Baños del Almirante (Valencia) · Siglo XIII, en la calle del mismo nombre, en pleno centro histórico. Funcionaron como baños públicos durante seiscientos años continuados — desde la época de Jaime I hasta su cierre definitivo en 1959. Visitables hoy como museo arqueológico.
Los Baños Árabes de Ronda (Málaga) · Siglo XIII, en perfecto estado de conservación, integrados en el paisaje del tajo de Ronda. Permiten entender muy bien el flujo arquitectónico: vestuario, sala templada, sala caliente, vuelta a la templada, vestuario otra vez.
Los Baños de Tenerías (Jaén) · Siglo XI, redescubiertos en el siglo XX bajo el suelo del Palacio de Villardompardo. Una restauración cuidadosa hizo de ellos uno de los conjuntos termales más interesantes para entender la arquitectura andalusí del baño público.
Visitarlos cambia tu lectura del término "baño árabe" turístico que hoy se usa con ligereza. Lo que ves en estos edificios es infraestructura urbana seria, no decoración exótica.
4 · La continuidad cristiana · "estufas" en castellano medieval
Lo que mucha gente no sabe es que la conquista cristiana progresiva — primero en el norte, luego avanzando hacia el sur — no abolió de inmediato la cultura del baño. Al contrario: la integró. Las ciudades castellanas medievales mantuvieron baños públicos durante los siglos XIII, XIV, XV y buena parte del XVI. Se llamaban habitualmente estufas o baños, y en latín de cancillería aparecían como balnea.
Los fueros municipales castellanos regulaban el uso: turnos separados de hombres y mujeres, precios fijados por la autoridad local, días reservados para minorías religiosas. El Fuero de Cuenca (1190) y el Fuero de Soria (1256), entre otros, dedican secciones específicas a los baños públicos. No eran instalaciones marginales — eran parte del derecho urbano consuetudinario.
"Estufa" en castellano medieval no significaba aparato de calefacción como hoy. Significaba sauna pública. Una "estufa" era una habitación caliente donde se sudaba con propósito higiénico o medicinal. La palabra perdió ese sentido durante el siglo XVII, justo cuando la práctica que designaba desaparecía. Es la huella lingüística de una infraestructura cultural extinguida.
Sevilla, Toledo, Burgos, Valladolid, Salamanca, Madrid: todas tenían sus estufas a finales de la Edad Media. La práctica era cotidiana y social. En la documentación notarial del siglo XV aparecen contratos de alquiler de baños, regalías reales sobre la explotación, pleitos entre concejos sobre derechos de aguas termales. Era economía, no folclore.
5 · 1567 · la pragmática que lo cambió todo
Y entonces, casi sin avisar, llegó el momento bisagra. En enero de 1567, Felipe II promulgó una pragmática real — una especie de decreto-ley con la fuerza máxima de la corona — dirigida específicamente a los moriscos del Reino de Granada. La pragmática prohibía, entre otras muchas costumbres, el uso público y privado de los baños árabes. Las razones declaradas eran las mismas que se utilizaban contra el resto de prácticas tildadas de "morismas": vestimenta, lengua, música, escritura, instrumentos.
El motivo real era más amplio y más simbólico. El baño público era visto, en el discurso contrarreformista de la época, como práctica sospechosamente musulmana — y, por extensión, sospechosamente judía. La famosa frase atribuida a la mentalidad inquisitorial — "el cristiano viejo no se baña" — no era casualidad: bañarse demasiado, especialmente en público y con cierta liturgia social, levantaba sospechas de criptoislam o criptojudaísmo.
La pragmática de 1567 fue particularmente brutal en Granada, donde provocó dos años después la sublevación de las Alpujarras (1568–1571). Pero su efecto cultural se extendió mucho más allá. En las décadas siguientes, los baños públicos de toda la península fueron progresivamente cerrados, demolidos o reconvertidos a otros usos. No por decreto único — por desuso forzado, por presión social, por el miedo persistente al señalamiento como cristiano nuevo.
Hacia 1610, año del decreto de expulsión definitiva de los moriscos firmado por Felipe III, la red termal hispana llevaba ya décadas en colapso. La práctica social del baño público — que había estructurado la vida urbana de la península durante más de mil años, desde las termas romanas hasta las estufas castellanas — se acabó.
6 · Lo que quedó · balnearios decimonónicos y la fractura
El termalismo hispano no desapareció del todo. Se replegó al ámbito médico-terapéutico, alejándose del baño cotidiano. En el siglo XIX, con la moda europea de los balnearios de aguas mineromedicinales, lugares como Caldes de Montbui, Caldes de Malavella, Alhama de Aragón, Archena, Lanjarón, Mondariz, Cestona, Panticosa o las termas de Caldas de Reis recuperaron actividad. Pero ya era otro modelo: clase media-alta de visita, contexto sanatorial, separación radical respecto a la vida urbana.
El baño público de barrio, la estufa de uso cotidiano, no volvió. Cuando Madrid, Barcelona o Sevilla quisieron tener saunas en el siglo XX, lo hicieron importando el modelo finlandés-alemán a través de gimnasios premium y hoteles. Se importó como práctica exótica, no se recuperó como herencia propia. Esa es la fractura.
7 · Por qué esto importa para Sauneando
Llegamos a la parte que justifica que este artículo exista. Sauneando nace como medio editorial sobre cultura sauna en español. Y la primera tentación, la fácil, sería traducir contenido finlandés-inglés al castellano y seguir adelante. Sería suficiente para el SEO y suficiente para el lector medio.
Pero hay un problema con esa narrativa: parte de una premisa falsa. La premisa de que la cultura termal en español es una importación reciente, una moda que llega vía Joe Rogan y Andrew Huberman. No lo es. Es una recuperación de algo que tuvimos durante dos milenios y que perdimos por una pragmática del siglo XVI.
Esto cambia el tono editorial. No estamos descubriendo la sauna ahora — la estamos reaprendiendo después de cuatro siglos de amnesia inducida. Y nos toca reaprenderla con dos lenguajes: el finlandés-moderno (científico, longevitario, individual) y el hispano-medieval (público, ritual, social, anclado en barrio). Las dos tradiciones se complementan más de lo que se canibalizan.
Por eso, en este medio, cuando hablemos del kiuas finlandés vamos a contar también la estufa castellana medieval. Cuando hablemos de Tampere, vamos a contar también Caldes. Cuando hablemos de los estudios KIHD, vamos a contar también la tradición balnearia de Lanjarón. No por nacionalismo termal — por completitud editorial.
8 · Tres saunas hispanas modernas que merecen estar en el mapa
Para cerrar con algo práctico — porque la recuperación cultural sin práctica es solo nostalgia:
Aire Ancient Baths (Sevilla, Almería, Madrid, Barcelona y otras ciudades) · La cadena hispana de hammames contemporáneos. Reproducen con cuidado la arquitectura andalusí — bóveda, agua, vapor, luz tamizada — en formato spa moderno. Caro, sí, pero culturalmente honesto. Mejor opción si quieres acercarte al hammam clásico sin viajar a Marruecos o Turquía.
Balneario de Caldes de Montbui (Barcelona) · Aguas termales en uso continuado desde el siglo I romano hasta hoy. La continuidad documentada más larga de la península. Bañarse aquí es literalmente meter el cuerpo en la misma agua donde se bañaron Trajano, los visigodos, los moriscos del Vallés y la burguesía catalana del XIX. No hay muchos sitios donde esto sea verdad.
Hammam Al Ándalus (Granada, Córdoba, Málaga, Madrid) · El otro grande de los hammames contemporáneos hispanos. Misma filosofía que Aire pero con una estética más cercana al modelo nazarí original. La sede de Granada está a quinientos metros del Bañuelo medieval; el contraste cultural en una mañana es revelador.
9 · El gesto que recuperamos
Cuando un hispanohablante se mete hoy en una sauna por primera vez — sea finlandesa en un polideportivo de Bilbao, infrarroja en un piso de Madrid, hammam en Granada o temazcal en un retiro de Tepoztlán — no está empezando una práctica nueva. Está retomando un gesto antiguo que su árbol genealógico cultural lleva haciendo desde antes de Roma.
Lo que cambió no fue el cuerpo humano. Lo que cambió fue lo que durante cuatro siglos pudimos hacer en público con ese cuerpo. El cuerpo siempre supo. Es la cultura la que perdió el hilo y ahora lo está recuperando.
Por eso es un buen momento para hacer este medio. Hay 500 millones de hispanohablantes y casi ninguno sabe que tuvo dos mil años de cultura termal pública antes de que se la cerraran por decreto. La conversación está empezando otra vez. Sauneando existe para que esta vez se cuente bien.
La primera vez que entré al Bañuelo
Fue en 2019, un viernes de octubre. Había ido a Granada por trabajo, terminé pronto, y como tenía toda la tarde libre y la entrada al Bañuelo era gratuita, entré sin saber muy bien dónde me metía. Pensaba que iba a ver "ruinas árabes" — esa expresión turística desganada que tenemos para todo lo islámico medieval peninsular.
Lo que encontré fue una caja perfecta de luz, piedra y proporción. Las bóvedas con sus tragaluces estrellados filtraban el sol del atardecer como si las hubiesen calibrado expresamente para esa hora. Los muros conservaban la marca exacta de mil años de cuerpos apoyándose, sentándose, conversando. No había agua corriendo, pero juraba que la oía.
Volví al hotel pensando en una idea que tardé meses en formular del todo. No era admiración estética. Era reconocimiento. La sensación de estar en un sitio que, sin haberlo pisado nunca, conocías. Como ver una casa familiar antigua de la que nunca te habían hablado pero que tu cuerpo recordaba.
Si Sauneando existe en parte por aquella tarde en Pispala que conté en otro artículo, también existe en parte por aquella otra tarde en el Bañuelo. Son las dos caras del mismo descubrimiento: que la sauna no era algo que tenía que aprender desde cero. Era algo que tenía que recordar.
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